Me han solicitado decirla tantas veces, que la he repetido en infinidad de ocasiones por más de 25 años y ahora te la comparto.
Es una historia que cambió el rumbo de mi vida al vender mis negocios y dedicarme a lo que hago ahora. Una historia que ha transformado la vida de miles de personas en el mundo y que junto a mí, ha cambiado la viuda a miles de personas en estos años. Es una adaptación que realice de la narración original escrita en 1969 por el Dr. Loren Eiseley (1907-1977). Un antropólogo americano profesor de Stanford, que escribió hermosamente sobre un viejo, que tal vez era muy parecido a él o proyectándose en la vida de él, ya que ese viejo también era un científico y mezclaba hermosamente las ciencias con las artes, ya que ese viejo también era un poeta.
Cuenta la historia que este viejo vivía cerca de la playa y que todos los días, salía a caminar muy temprano por la playa, para reflexionar, para pensar y posteriormente escribir algo.
Una mañana cuando iba caminando por la playa, sucedió algo diferente.
Mientras caminaba, vio a lo lejos a un joven que algo hacía.
Algo agarraba y lo arrojaba al mar…
Le llamó la atención a aquel viejo, ya que a esa hora casi nunca se encontraba a nadie, y menos que fuera tan joven.
Le sorprendió la presencia del joven y ver que insistentemente recogía algo y lo arrojaba al mar.
Se preguntaba;
– ¿Qué estará haciendo?…
– ¿Estará haciendo ejercicio?…
– ¿Estará bailando?…
– o simplemente ¿estará gozando de la vida?
Después de un rato de intentar de alcanzarlo, se acercó a él y después de saludarlo le pregunto:
– Le he visto desde muy lejos con ese entusiasmo y esmero, pero me llama la atención ¿Qué hace? Comentó aquel viejo.
El joven le dijo:
– Señor, que no se da cuenta que hoy amanecieron muchas estrellas de mar tiradas sobre la playa, el sol estará muy fuerte el día de hoy y la marea empieza a bajar, si no las recojo y las arrojo al mar, se van a secar, se van a morir, por eso las estoy recogiendo y regresando al mar.
El viejo le dijo;
– ay joven, se nota que usted es muy joven todavía. No se da cuenta que son miles y miles las estrellas de mar que están tiradas en este momento sobre la playa y si se fija, Señalándole el horizonte. – son kilómetros y kilómetros de playa.
– ¿Cree que valga la pena su esfuerzo, de estar arrojando, una por una, las estrellas al mar? Le preguntó.
El joven no le dijo nada. Lo miró respetuosamente. Se agachó, agarró una estrella y con el mismo entusiasmo la arrojo muy, muy lejos al mar… regresó y le dijo a aquel viejo,– Señor, para aquella estrella que cayó al agua. Ya valió la pena.
– Hoy no morirá.
– Hoy ya regreso al mar y tendrá una nueva oportunidad.
Ante aquella respuesta, el viejo no supo que contestar, sintió vergüenza al escuchar la respuesta de aquel joven, que en el fondo sabía que tenía razón, por lo que se dio la media vuelta y sin decir más, se fue.
Cuenta la historia que en la tarde, ya en su casa, cuando el viejo trataba de reflexionar, el joven lo seguía y lo seguía en su mente arrojando estrellas al mar. Sabía que había un mensaje detrás de todo esto, pero no lo comprendía en ese momento.
Cuenta la historia, que fue hasta en la noche, cuando entendió, que él “el gran sabio”, “el gran científico”, “el poeta”, nunca había hecho nada por los demás, que únicamente había sido un observador en su vida, y que en cambio, aquel joven, con esa acción tan sencilla, –de estar arrojando estrellas al mar–, estaba participando, y con ello estaba dejando su huella en el universo.
Le dio tanta vergüenza este hecho, que esa noche no durmió pensando en todo lo que tenía que hacer para trascender en su vida y que el tiempo se le estaba acabando. Pensaba en realizar grandes proyectos o enormes acciones en beneficio a los demás. Por más que pensaba, no se daba cuenta que en la sencillez estaba la grandeza.
Al amanecer, después de no haber dormido y confundido todavía, se fue a caminar a la playa como lo hacía todos los días.
De pronto, se encontró al joven de nuevo en el horizonte, arrojando estrellas al mar.
Y mientras se acercaba a él, mientras caminaba, ahí comprendió, que lo importante no era lo grande de los proyectos o enormes acciones que hacías por los demás, sino que con pequeñas cosas, con acciones tan sencillas como esa, de arrojar estrellas, participabas activamente en la vida.
Se acercó junto a él.
Lo saludo afectuosamente diciéndole buenos días.
Recogió también una estrella…
Se fue corriendo y la arrojo muy lejos al mar…
Comprendió que la grandeza estaba en la sencillez.
Se sintió feliz.
Y así se puso a ayudarle al joven a arrojar una y miles de estrellas al mar durante todo el día. Decidió ya no ser un observador.
Decido participar…
Y junto al joven…
Decidió también, “dejar su huella en el universo”.
Al leer esto hace muchos años entendí muchas cosas que me pasaban en la vida.
Era mi “llamado” y por eso este mensaje tiene vigencia todos los días en mi vida.
Es la razón del por qué llevo la estrella conmigo, la razón de mi trabajo, de continuar con este proyecto, de compartir mis conocimientos y experiencias para que tú también arrojes estrellas al mar y con ello evolucionemos juntos al mundo.
Cuando pienso que no es importante o necesario el hacer algo, me doy cuenta que estoy muy equivocado. Que nuestras acciones, por más sencillas que estas sean, tienen mucho sentido y que es por algo trascendental.
Arroja tu estrella de mar…
Que Dios te bendiga.